Arquitectura paleocristiana

Las primeras manifestaciones del arte paleocristiano son los enterramientos o catacumbas, que revisten poco interés artístico ya que son rudimentarios, pero en ellos encontramos las primeras muestras de lo que será la iconografía cristiana, conjunto de temas que dominarán el arte occidental hasta, prácticamente, el siglo XIX d.C.: escenas de l'Antiguo y Nuevo Testamentos, descriptivas o simbólicas.

Con el Edicto de Milán (313 d.C.), el emperador Constantino da apoyo al cristianismo y a partir de ese momento se desarrolla un arte monumental cristiano.

Los primeros templos (basílicas) serán de planta basilical, a la manera romana. Poseen tres o cinco naves longitudinales separadas por columnas. La nave central es más alta que las laterales, lo que permite abrir ventanas en la parte superior de los muros; a los pies se sitúa el nártex. La cubierta solía ser arquitrabada: de dos aguas al exterior, plana y recubierta de artesonado en el interior. La cabecera culmina en ábside. Algunas veces aparece una nave transversal (no sobresaliente) que preludia el transepto medieval. De planta centralizada son los martyria (monumentos funerarios al estilo de los mausoleos) y los baptisterios. En el interior de los edificios se practica la pintura mural al fresco y el mosaico, lo que permite disimular la humildad de los materiales de construcción (mampuesto, ladrillo).

Las invasiones germánicas empobrecen Occidente también en lo artístico. Una excepción es la península Itálica, que no olvida la magnificencia romana (por ejemplo, la corte imperial en Ravena, con influencias bizantinas).

En la península Ibérica, los godos establecen su capital en Toledo. Se conservan escasas muestras urbanas de su arte; no ocurre lo mismo en el ámbito rural, donde se conservan ejemplos interesantes (por ejemplo, San Juan de Baños, del siglo VII).

En la antigua Galia se establece en el siglo IX el Imperio carolingio, en un intento de restaurar el romano. Aparecen los monasterios como centros económicos y de cultura paralelos a la corte (por ejemplo, el de San Gall, que recibe también influencias irlandesas). En Aquisgrán, capital del Imperio carolingio, se conserva la capilla.